Séptima noche que despierto bañado en sudor, esperando su regreso.
¿Recordás que despertaba previniendo los temblores? ¿No? Pues ahora sólo me queda sentir la ausencia de su cuerpo. Desolado, amedrentado, casi sin fuerzas, escuho la puerta donde corre sus seguros. -¿Quién tendrá la llave? - Pues sí, ella, pues llevaba mis copias en su maleta, en aquella maleta rosa que la llevaría lejos donde abandonaría al más alegre de los poetas.
Diez minutos ya y haciéndome el loco en mi cama desordenada, esperando que sus brazos alcancen mi pecho, diezmado, me levanto nuevamente. No hay nada. Tan sólo la obscuridad me nubla el sentido y llorado, agotado, me tiro las de andar, pues si el recuerdo levita dulce sobre mi pensamiento lleno de escombros, ¿cómo no querer matarme quisiera?
Y aquí sigo, contando las noches, porque sigo sin saber qué pasará cuando encuentre el pensamiento el camino de la paz. Hace poco no me hacía falta nada y ahora me hace falta todo. Porque sigo esperando su regreso bajo las sábanas, y que el calor de sus delgados brazos entren con mi pecho vacío, levantando de las cenizas todo lo que fue un sentimiento puro y verdadero.
Sólo espero que donde se nubla occiso el recuerdo de nuestra dulce camarada, amor fraterno que nos prometimos sobre una de tantas tardes nubladas, esté allí su corazón triunfante, lleno de gozo en este viaje y, que el futuro reparador de su alevosía tediosa que acuchilló un alma le repare mil y una cosa más.
¡Qué rujan las campanas y se quiebren en mil volteretas! Sé que no volverás, y te juré no volver. Mi grito estremecido le recuerde en sus diarios que pasado tuvo y que futuro no sé cuando. Que te escribo desde adentro, con el pecho abierto, con los brazos hacia el frente y con la mirada aguada.
Con pasión en el alma y dolor en el pecho;
Su mosito.
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