Me elevo de mil formas por el brillante cielo en mis mañanas, al recordar cálidamente cuán frescos me resultan sus besos… Sí, usualmente me elevo de mil formas cuando el tiempo toca el alba y yo, encantado, comienzo a dibujarle en el recuerdo.
Sus labios me tocan, sus manos me acarician, su sonrisa se traza en el aire, el sentimiento se hace mágico, duradero, mi sangre hierve, mis manos se abalanzan hacia tì en el vacío, y vuelve a comenzar la realidad… Y aunque desaparezcan esas sombras creadas por mi imaginación, navego suavemente por mis días, sabiendo que kilómetros en la distancia hay alguien que me ama y que también lanzaría sus brazos contra el viento para imprimirle un abrazo a mi cuerpo, al corazón…
¿Y cómo no, mujer, quererla tanto? Si al parecer todo el juego es armado por nosotros hábilmente. ¿Y cómo no, mujer, amarla tanto? Si al parecer los sentimientos ya no se explican con palabras, sino con las acciones con las cuales enrumbamos un sincero compromiso en el que nuestros corazones se funden en un inmenso paraje, alegre y pasivo, cerca del sol.
Y a pesar de lo extravagante que es mi personaje, le entrego todo lo que soy, porque así es la única forma en la que puedo amarla.
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